Hay tortugas marinas que llevan más de cien años en este mundo.
Nacen en una playa, y esa misma noche, sin haber visto nada más que la arena y la luna ya saben hacia dónde ir. Se arrastran hasta el agua y desaparecen mar adentro, a veces durante años, a veces durante décadas enteras.
Cruzan océanos completos. Atraviesan distancias que ni siquiera alcanzamos a imaginar del todo. Envejecen ahí, en el mar abierto, lejos de todo lo que alguna vez conocieron.
Y sin embargo, algo en ellas no olvida.
Cuando llega el momento, regresan. Vuelven exactamente al mismo lugar donde empezaron, guiadas por una memoria que no necesita mapas ni señales. Como si una parte de ellas nunca se hubiera ido en realidad. Como si solo hubiera estado esperando el momento de volver.
Hay algo triste y hermoso en eso al mismo tiempo. La idea de pasar toda una vida lejos, y aun así seguir perteneciendo a un lugar que ya casi no se recuerda con los ojos, solo con el corazón. Solo con eso que queda cuando todo lo demás se olvida.
El mar no se olvida.
Se lleva adentro, aunque no sepamos describir bien el porqué, siempre volvemos a el 🫀🐢🌊
